LITERATURA PARA PEREGRINOS.- "LA LOCA DE LA PLAZA ARRIQUIBAR"

Bilbao, Camino del Norte. Sebastián Gracia Santuy

ATENTAMENTE MÍA - ane pikaza
"La Loca de la Plaza Arriquiba". Exposición de Anne Pikaza

 

En el Camino no todo es andar y mirar el paisaje. Hay que abrir también los ojos del alma. Podemos peregrinar o podemos transportar una mochila ¡tú eliges! Pero no solo hay que mirar el paisaje, el románico, los pueblos. Hay más.

Una de las riquezas que tiene el Camino de Santiago en comparación con otras actividades deportivas es el factor humano. No es palabrería barata. Es cierto. La diversidad de gentes, de mentalidades, de formas de ver y entender la vida es algo fundamental. Pero no solo en referencia a los que caminan a tu lado, también a los que te cruzas por los pueblos o los senderos, pero especialmente a los que ya no te encuentras. 

Esto que escribo hoy lo es en referencia a un comentario que me hizo el encargado del Albergue de Peregrinos de Bilbao. LLegaba cansado de la etapa anterior a Bilbao y llevaba los auriculares encendidos. Había silencio y se podía escuchar la canción que sonaba en ese momento. Era la canción de Mocedades "La Loca". Entonces el del Albergue me dijo: 

    - Yo la conocí

No entendía a que se refería.    

 - ¿A quien conociste? -pregunté yo-

    -Pues a Mercedes, esa que inspiró a Perales para escribir la canción  que canta Mocedades, la canción de "La Loca".

He de confesar dos cosas. La primera que a mi me gusta andar los caminos cuando hay poca gente, por tanto en invierno, y el Camino del Norte es la época del año mejor para hacerlo aunque hay pocos albergues abiertos y mejores conversaciones se tienen con hospitaleros o peregrinos. Y otra de mis manías inconfesables es que cuando ya empiezo a estar cansado de tanto andar, o encuentro un bar donde sentarme a tomarme algo, o me pongo los auriculares para escuchar mi lista de "canciones para una vida". En mi lista de canciones de spotify no llevo canciones inglesas de moda, sino que me hice una lista de las canciones que marcaron mi vida, así cuando ando no recorro solo caminos recorro también mi vida con sus luces y sus sombras. Y allí tiene un lugar reservado Mocedades con todo su repertorio, a modo del grupo Abba español. Sus canciones "El Vendedor", "La Secretaria" y especialmente "Le llamaban Loca", son una parte de mi historia sonora. ¡Ya sé que al leer esto me estas crucificando, pero cada cual tiene sus defectos, yo no sé inglés!

El del Albergue me contó que esa canción fue escrita inspirandose en Mercedes Lorenzo Souto, más conocida en Bilbao como "La Loca de la plaza Arriquibar". Desde entonces cada vez que llego a Bilbao, me cojo los auriculares y me voy a dar de comer a las palomas de la plaza Arriquibar escuchando "Le llamaban Loca". 


 

 *****

 

Esto es lo que me contó Praxedes, el encargado del Albergue: 

 

Ya hace bastantes años de eso, tantos que ni me acuerdo ni quiero acordarme. Había llegado a Bilbao con las piernas cansadas y la cabeza llena de kilómetros.

Era una de esas tardes grises en las que el cielo parece haberse quedado a vivir sobre la ciudad. Caminaba sin demasiada prisa. El Camino ya me había enseñado que, cuando uno lleva muchos kilómetros en las piernas, conviene escuchar al cuerpo y no a la guía.

Las 

 

Al llegar a la plaza Arriquibar vi un banco.

Vacío.

Aquello, para un peregrino, es una invitación.

Me quité la mochila y me senté. 

No llevaba ni un minuto descansando cuando escuché una voz.

¿Va usted a Santiago?

Levanté la cabeza.

Era una mujer mayor. Vestía con cierta elegancia, aunque de una manera un poco pasada de moda. Y llevaba un sombrero.

Sí.

¿Desde dónde?

Desde Irún.

Asintió.

Entonces ya ha hecho una buena parte.

Todavía queda bastante.

Siempre queda bastante.

Se sentó a mi lado.

Durante unos instantes permanecimos callados.

Unas palomas caminaban alrededor del banco.

¿Es usted de Bilbao? —pregunté.

Sí. Bueno realmente soy de Lugo pero llevo mucho tiempo aquí y me considero bilbaína.

Yo no.

Ya lo sé.

Sonreí.

¿Cómo lo sabe?

Señaló mi mochila.

Los de Bilbao no llevan la casa a la espalda.

Aquello me hizo reír.

Ella también sonrió.

¿Y usted qué hace aquí?

Esperar.

¿A alguien?

Sí.

¿Viene tarde?

La mujer miró hacia la calle.

Mucho.

No supe si estaba hablando en serio.

¿Y todavía espera?

Me miró fijamente.

¿Usted no espera nada?

La pregunta me pilló desprevenido.

Bueno... alguna cosa.

Pues entonces no debería extrañarle.

Nos quedamos otra vez en silencio.

Yo empecé a observarla con más atención.

El sombrero. Las manos. La manera de mirar continuamente hacia un mismo punto de la plaza.

Entonces recordé algo que había leído antes de salir hacia Bilbao.

Una historia. Una mujer. Un banco. Un hombre. Un amor.

¿Usted es Mercedes?

Mantuvo un silencio incomodo como respuesta.

Durante unos segundos pensé que no me había oído.  Finalmente preguntó:

¿Quién se lo ha dicho?

He oído hablar de usted.

Eso es malo.

¿Por qué?

Porque la gente habla mucho.

Dicen que está usted esperando a un hombre.

Eso también es verdad.

¿Cómo se llama?

Esta vez tardó más en contestar.

Andrés, el tendero del super.

Pronunció el nombre muy despacio. Como quien abre un cajón donde guarda algo que todavía duele.

¿Y qué pasó?

Mercedes se encogió ligeramente de hombros.

Pasó que la vida no quiso que pasara lo que nosotros queríamos.

—¿Él la quería?

Me miró.

Eso debería preguntárselo a él.

—¿Y usted?

—Yo sí.

La respuesta fue tan sencilla que no supe qué añadir.

Una paloma se acercó a nuestros pies.

Mercedes sacó algo del bolsillo y le dio unas migas.

¿Sabe lo que ocurre con las palomas? - me preguntó Mercedes

No.

Que siempre vuelven al mismo sitio.

Miré a los pájaros.

Quizá porque saben que aquí encuentran comida.

—Quizá.

Me pareció que estaba sonriendo.

¿Y usted por qué vuelve?

—Porque aquí estaba él.

—Pero ya no está.

—Ya lo sé.

—Entonces...

Mercedes me interrumpió.

Usted es peregrino y debería saberlo.

—¿El qué?

—Que no siempre caminamos hacia donde está alguien.

Aquella frase se quedó flotando entre nosotros.

Yo no sabía qué decir.

Ella continuó:

A veces caminamos hacia donde estaba.

Miré la fachada de los edificios.

Por un momento imaginé aquella misma plaza muchos años atrás.  Otros coches. Otros comercios. Otra ciudad. Y una mujer sentada en aquel banco. Esperando. Quizá con otro sombrero. Quizá con la misma esperanza.

¿Cuánto tiempo lleva esperando?

Mercedes miró el reloj que llevaba en la muñeca.

No llevo la cuenta.

—¿Años?

—Los años son para quien tiene prisa.

Me quedé mirándola. No sabía si aquella mujer estaba loca o simplemente me tomaba el pelo pues su sonrisa no era de una loca. Tampoco sabía exactamente qué significaba estar loco. Quizá era estar fuera del mundo. Quizá era estar demasiado dentro de uno mismo.

¿No se cansó nunca?

Mercedes sonrió.

Claro que sí.

Entonces, ¿por qué siguió?

Esta vez no contestó inmediatamente. Miró hacia el otro extremo de la plaza.

Porque un día pensé que si me iba, justo entonces podría llegar Andrés.

Aquella respuesta me produjo un escalofrío. Pensé en todas las cosas que nosotros también seguimos esperando. Un mensaje. Una llamada. Una oferta de empleo que me sacara del paro como yo estaba en ese momento. Una reconciliación como la que yo necesitaba. Un hijo que vuelva. Una persona que nos diga aquello que necesitamos escuchar. Una persona que cuando me duela algo me diga "mueve el pie derecho"

Quizá no somos tan diferentes de Mercedes. Quizá simplemente esperamos sentados en lugares distintos.

Tengo que seguir —dije finalmente.

Mercedes asintió.

¿Hasta dónde?

Hasta Bilbao La Vieja. Luego seguiré hacia Portugalete.

—Buen camino.

Me puse la mochila.

Gracias.

Di unos pasos. Entonces me volví.

Mercedes.

Ella levantó la cabeza.

¿Sí?

—¿Y si Andrés no vuelve?

Me miró durante unos segundos.

Después sonrió.

Entonces habré esperado a alguien que no volvió.

—¿Y eso no es triste?

—Sí y no

Hizo una pausa.

Pero también sería triste haber querido que nunca hubiera venido.

No supe qué contestar. 

- En la pensión donde vivo quieren poner televisión y eso a mi me quitará tiempo para bajar a este banco, no sé que haré. -Me dijo Mercedes-

Seguí caminando. Al llegar a la esquina me volví una última vez. Aún se veía el banco. No había ninguna mujer. Solo unas palomas. Pensé que quizá se había marchado mientras yo me alejaba. O quizá nunca había estado allí. Quizá el cansancio, los kilómetros y las historias que uno va recogiendo por los caminos habían hecho el resto. Continué hacia el Camino del Norte. Aquella noche, en el albergue, busqué información sobre Mercedes. Encontré fotografías. Artículos. Historias diferentes. Unos decían una cosa. Otros, otra. La llamaban «la loca de Arriquibar». También «la enamorada». Los críos y crías que iban al cole próximo le insultaban llamandola "Loca". Pero ella no se enfadaba, le gustaban los crios, quería tener bastantes con Andrés.

Una mujer que durante años se convirtió en parte del paisaje de Bilbao.

Pero en ninguna de aquellas historias encontré la frase que me había dicho aquella tarde:

«A veces caminamos hacia donde estaba alguien».

Quizá por eso me la quedé. Porque los peregrinos hacemos eso. Recogemos cosas por el camino.

Una piedra. Una concha. Una conversación. Una historia. Y seguimos andando.

Muchos años después, cuando recuerdo aquella tarde, todavía tengo una duda. No sé si realmente hablé con Mercedes. Probablemente no. Mercedes murió hace muchos años. Pero hay una cosa que sí sé. Aquel día me senté en un banco de la plaza Arriquibar. Y durante unos minutos tuve la sensación de que alguien estaba esperando.

La última vez que aparecí en Bilbao con mi mochila al hombro cumplí la tradición de llevar comida a las palomas de la plaza Arriquibar, sentarme en el banco y escuchar a Mocedades cantar "La Llamaban Loca". Pero esta última vez el del quiosco de la plaza me comentó que Mercedes dejó de bajar a dar de comer a las palomas cuando en la pensión donde vivía pusieron televisión. Murió al poco.